¡Hola, manzanitas!

Hacía tiempo que quería escribir, pero nunca encontraba el momento, así que este fin de semana me propuse que hoy, lunes, me sentaría frente al ordenador y, pasara lo que pasara, escribiría al menos una página. Quería aprovechar el momento para comenzar a darle vida a este rincón (lo reconozco: por vergüenza no publico nada) y tenía bastante claro qué quería contaros.

Pero han llegado las lluvias y, con ellas, mis miedos. Por eso hoy no voy a hablaros de libros, escritura o proyectos nuevos. Hoy voy a hablaros de ellos, de mis miedos.

Creo que no hace falta recordar lo que ocurrió el martes 29 de octubre de 2024 en Valencia: una DANA se cernió sobre nosotros. Perdimos casas, coches, objetos personales… y vidas. Se perdieron muchas vidas ese día. La DANA dejó daños irreparables en muchas personas. Algunos de estos daños se ven; otros, se sufren, aunque permanezcan invisibles a la vista de los demás.

La casa de mi yaya ya no es lo que era, pero al menos vuelven a vivir en ella (agradezco enormemente a todos los que nos ayudaron a hacerlo posible). Aunque trato de evitarlo, muchas veces me cuenta cómo vivió esa noche y la compara con la riada del 1957. Confía en no vivir una tercera, aunque los años y todo lo vivido han hecho mella en su optimismo.

—Ya veo el camino —me dice muchas veces.

Yo le hago un aspaviento y le contesto:

—Yaya, tú nos vas a enterrar a todos.

Pero aquella noche de octubre no pensé lo mismo, cuando dejé de tener noticias de ella.

Hoy, otra DANA azota a la Comunidad y muchos pueblos vuelven a estar inundados; muchas personas vuelven a necesitar ayuda. Porque en Valencia, cuando llueve, hace daño.

Mis hijos y yo nos hemos despertado con el sonido de la lluvia y con un aviso de alerta naranja que, según las previsiones, pasaría a amarilla en las próximas horas. La actividad escolar continuaba con normalidad así que, en un arrebato de valentía (porque tengo que aprender a no parar mi vida cada vez que llueva), hemos desayunado, nos hemos vestido y hemos ido al colegio con la mochila en una mano y con el paraguas en la otra.

Pero durante el camino para llegar a casa, he recibido un mensaje de mi hermana que ha vuelto a activar todos los miedos: videos de calles repletas de agua, contenedores que casi no se veían, garajes inundados.

Mi cabeza, ahora mismo, parece una locomotora echando humo. No deja de dar vueltas, de imaginar tragedias, de hacerse preguntas para las que no tengo respuesta.

¿Qué pasará si el agua vuelve a llegar hasta mi calle? ¿Dónde estaremos mis hijos y yo? ¿Podré recogerlos a tiempo si están en el colegio? ¿Mi marido podrá llegar sano y salvo del trabajo? Si mis tíos no están con mi yaya, ¿podrá ponerse a salvo? ¿He hecho mal llevándolos al colegio?

Creedme, he intentado no pensar. He hecho la cama, he fregado los platos y he recogido los juguetes que había en el salón. También he llamado a mi hermana para que me hablara de cosas que no tuvieran nada que ver con el tiempo, he jugado con mi perra y he tratado de leer.

He intentado hacer todas esas pequeñas cosas que hago normalmente para convencerme a mí misma de que todo sigue igual, pero es difícil conseguirlo cuando la lluvia golpea tu techo y te recuerda que sigue ahí, que no se va y que, si quiere, puede cambiar tu vida en un abrir y cerrar de ojos.

Recuerdo que hubo un momento de mi vida en el que me gustaban los días lluviosos y pienso que, tal vez, no es miedo a la lluvia lo que tengo ahora, sino a todo lo que puede venir con ella. A no proteger a los míos, a no llegar a tiempo. A otra pérdida.

Puede que, después de dos años, haya gente que considere esta reacción exagerada y que debería haberlo superado.

Pensaba que escribir me ayudaría, pero siendo sincera, no está siendo tan terapéutico como pensaba. Porque hay cosas que no terminan cuando deja de llover. A veces, basta con volver a escuchar la lluvia para regresar a aquella noche.

Mucho ánimo a todos los que estáis atravesando un duro momento de lluvias.

T.


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